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Así será el futuro…

La tecnología siempre ha tenido una importancia mayúscula para el ser humano, hasta el punto de que es, en cierta medida, lo que nos define como humanos. El fuego y la rueda ya eran tecnología, como lo son los transbordadores espaciales, los frigoríficos o el dispositivo electrónico en el que estáis leyendo estas líneas. No es que a día de hoy el ser humano no pueda vivir sin tecnología: es que hace más de 10.000 años que no puede.

Sin embargo, con la llegada de la era digital, hemos visto a los dispositivos electrónicos introducirse en muchas facetas de nuestra vida que hasta entonces estaban libres de artilugios tecnológicos. Hoy en día necesitamos dispositivos electrónicos para entretenernos, mantener el contacto con nuestros amigos, buscar trabajo, encontrar pareja… Vivimos permanentemente encadenados a pequeños dispositivos que, a su vez, nos conectan con el resto del mundo.

Pero, ¿a dónde podría llegar la tecnología en los próximos años? ¿De qué nuevas formas podría integrarse en nuestra vida cotidiana, hasta hacerse parte indispensable de ella? Hace 10 nadie sabía de la existencia de Facebook y no existían los smartphones, por ejemplo. Sin embargo hoy, cualquier persona sin un teléfono inteligente permanentemente consigo y un puñado de cuentas en redes sociales estás prácticamente condenado al ostracismo. ¿Qué podrían traer los próximos 10 años?

Nos guste o no, el futuro de la tecnología en los próximos años pasa por Google. Hace poco hemos sabido de MindRDR, la primer aplicación para Google Glass que «lee la mente» mediante un pequeño dispositivo anexo llamado Neurosky. Es una tecnología nueva que aún está empezando, y por lo pronto sólo es capaz de medir nuestra concentración, pero en pocos años los dispositivos que detecten nuestras emociones mediante nuestra actividad cerebral podrían convertirse en algo cotidiano.

Conforme los llamados «wearables» se vayan volviendo cada vez más comunes, nuestro organismo estará cada vez más sometido al escrutinio electrónico. Una serie de dispositivos interconectados monitorizarán nuestra posición geográfica, nuestro ritmo cardíaco, lo que estamos mirando e incluso nuestro estado de ánimo. ¿Suena a distopía cyberpunk? Pues podría ser realidad en menos de diez años.

Tampoco es cuestión de volverse alarmistas. A fin de cuentas, esta tecnología sigue siendo opcional… de momento. Si Google Glass se impusiera, por ejemplo, podría convertirse en algo habitual conectar con nuestros amigos y saber en tiempo real qué es lo que están viendo, del mismo modo que ahora podemos saber al instante lo que piensas mediante Twitter, o ver sus fotos en Facebook. ¿Sería esto un atentado contra la intimidad? Lo mismo se clamaba de Facebok hace no 10, sino 5 años. Y… ¿a cuántas personas jóvenes conocéis que no lo tengan?

Por suerte o por desgracia, la integración del ser humano y la tecnología es ya un movimiento imparable. Sin embargo, mientras que la mayoría de los escritores de ciencia ficción del siglo XX pensaban que esta integración se produciría por la fuerza, de la mano de gobiernos autoritarios o de corporaciones que deseaban mantener más controlados a sus trabajadores, parece ser que se realizará de una manera más suave. Tan suave, que no sólo no nos tendrá que ser impuesta, sino que pagaremos gustosamente muchísimo dinero a cambio de estar monitorizados día y noche.

Llegados a este punto, habrá quien se ponga en pie y proclame que con él no podrán, que nadie podrá obligarlo a comprarse ninguno de esos dispositivos, por útiles y atractivos que puedan parecer. Le pedimos que vuelva a sentarse, ya que en realidad no hay escapatoria posible. Cuando todo el mundo lleve en las gafas una cámara que graba absolutamente todo lo que miran, cualquier cosa que hagamos en un lugar público quedará registrada.

No se trata, en todo caso, de que haya que prohibir Google Glass ni dispositivos similares. Su utilidad y su potencial es indiscutible. Además, tampoco serviría de nada, porque como ya hemos dicho el proceso de integración es imparable y hay otros muchos dispositivos que podrían ocupar su lugar. No hace mucho hablábamos aquí de Project Tango, una nueva tablet diseñada por Google, aún no a la venta, con una serie de sensores que detectan y reconocen en todo momento todos los objetos que tiene alrededor.

Que no se entienda este texto como un manifiesto tecnófobo. La tecnología nunca es buena ni mala en sí misma, sólo son buenos o malos sus usos. El mismo fuego que hace 10.000 años servía para cocinar la carne valía también para quemar las chozas de la tribu vecina. De igual manera, lo posibilidad de estar permanentemente conectados y monitorizados traerá consigo mucha cosas buenas.

Entre ellas, está la posibilidad de salvar muchísimas vidas. Las personas con cualquier tipo de enfermedad podrán configurar su smartwatch para que llame automáticamente a una ambulancia si sufren un ataque. La posibilidad de grabar lo que estamos viendo y enviarlo automáticamente a la policía si el dispositivo detecta que estamos entrando en pánico, servirá para identificar a casi todos los atracadores y violadores, hasta el punto de que puede que algún día los asaltos y la inseguridad ciudadana sean cosa del pasado.

Una combinación de Google Glass y Project Tango podría facilitar la vida a las personas invidentes hasta extremos inimaginables. Los dispositivos de traducción simultánea tampoco están lejos, y en pocos años podríamos estar viajando por todo el mundo sin preocuparnos de qué idioma se hable en cada país. El futuro, en resumen, está lleno de posibilidades. Sin embargo, es menester tener presentes las dos caras de la moneda. Ninguna revolución tecnológica en la historia trajo nunca sólo ventajas, ni sólo inconvenientes.

La tecnología en la lectura…

Aunque nadie cree que los libros impresos vayan a desaparecer en un futuro cercano, lo cierto es que los libros electrónicos son cada vez más cómodos y útiles: sólo consumen energía cuando pasamos la página, no hay retroiluminación que canse la vista, la definición es equivalente a la de un papel impreso, podemos transportar miles de libros es sólo unos gramos de peso, etc.

Es decir: los libros electrónicos están introduciéndose en nuestros hábitos lectores de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que producen. Pero como ya profetizó Mcluhan: un cambio en el medio implica un cambio en el contenido.

El principal problema de los libros electrónicos es que inevitablemente cada vez se parecen más a los ordenadores: tienen conexión a Internet, posibilidad de incluir hipervínculos, sonido, animaciones, vídeos, redes sociales, bloc de notas, diccionario. Finalmente, leer en un libro electrónico, salvo por la comodidad, se parece bastante a leer en una pantalla de ordenador con conexión a Internet. Y, como ya os expliqué en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? , ello influye en nuestra capacidad de leer textos profundos con una cuota de atención sostenida.

En pocas palabras, y tal y como señala el psicólogo Steven Johnson, la inmersión absoluta en otro mundo creado por el autor podría verse comprometido. El e-book nos aboca a terminar leyendo libros tal y como leemos revistas y periódicos: picoteando de aquí y de allá. Incluso leyendo a la inversa: yo mismo empiezo a leer siempre el periódico por la última página.

Veamos cómo Christine Rose, del Centro de Ética y Política Pública de Washington, narra la experiencia de leer Nicholas Nickleby de Charles Dickens en un Kindle, el e-book de Amazon:

Aunque al principio me despisté un poco, enseguida me adapté a la pantalla y me hice con los mandos de navegación y paso de página. Pero se me cansaban los ojos y la vista se me iba de un lado a otro, como me pasa siempre que leo algo largo en el ordenador. Me distraía mucho. Busqué Dickens en la Wikipedia y me metí en el típico jardín de Internet al pinchar en un vínculo que llevaba a un cuento de Dickens: “El cruce de Mugby”. Veinte minutos más tarde aún no había vuelto a mi lectura de Nicholas Nickleby en el Kindle.

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Nuestra forma de leer libros está cambiando a medida que leemos libros electrónicos. Y, por supuesto, eso también acabará afectando a los tipos de libros que publicarán las editoriales: si cada vez se huye más de las lecturas farragosas y se apuesta por la “lectura de autobús”, imaginaos lo que nos espera en la era digital, en la que todos llevaremos completos dispositivos tecnológicos en el bolsillo.

Japón ya presenta un llamativo ejemplo de este proceso: en 2001 varias jóvenes japonesas empezaron a componer relatos en sus teléfonos móviles, bajo la forma de mensajes textuales que cargaban en una página web, Maho no i-rando, donde otras personas los leían y comentaban. Estas historias se expandieron como seriales o “novelas telefónicas” de popularidad creciente. Algunas de estas novelas tuvieron millones de lectores “online”. Los editores tomaron nota y empezaron a sacarlas como libros impresos. A finales de la década estas novelas de teléfono móvil habían pasado a dominar las listas de los libros más vendidos del país.

Otros cambios se producirán de forma más sutil. Por ejemplo, a medida que los lectores accedan a las novedades bibliográficas a través de búsquedas en Internet, los autores se verán cada vez más presionados para emplear determinadas palabras con más probabilidades de ser escogidas en esas búsquedas. Es lo que ya hacen los blogueros.

Steven Johnson apunta algunas probables consecuencias:

Los escritores y editores empezarán a preocuparse por cómo determinadas páginas o capítulos vayan a aparecer en los resultados de Google, y diseñarán las secciones específicamente con la esperanza de que atraigan esa corriente constante de visitantes llegados mediante una búsqueda. Los párrafos iniciales llevarán marcadores descriptivos que orienten a los potenciales buscadores; y se probarán distintos títulos de capítulos para determinar su visibilidad para las búsquedas.

Es decir, que el lenguaje mismo se verá alterado, incluso degradado. Es algo parecido a lo que ya ocurrió cuando se pasó de una cultura oral a una cultura escrita: cuando el autor supo que existía un lector atento y comprometido tanto intelectual como emocionalmente con su texto, modificó su manera de expresarse por escrito hasta que se separó totalmente de la forma de expresarse oralmente: explorando la riqueza del lenguaje. Una riqueza que sólo podía asimilarse a través de la página impresa.: nadie habla por la calle con la ampulosidad con la que Góngora escribía, por ejemplo.

Con la lectura digital está pasando justo lo contrario: ya no se expandirá el vocabulario, ni se ensancharán los límites de la sintaxis, ni tampoco se aumentará la flexibilidad y la expresividad del lenguaje en general. Lo que ocurrirá es que la literatura tenderá a ser accesible a fin de que el lector no pierda el hilo. Puede que incluso la literatura se acabe volviendo más accesible y sencilla que la propia expresión oral.

Crucemos los dedos para que no pase.

Por de pronto, un grupo de catedráticos de la Universidad de Northwestern ya dejó escrito en 2005 para la Annual Review of Sociology, que “la era de la lectura masiva ha sido una breve anomalía de nuestra historia intelectual (…). Estamos viendo cómo ese tipo de lectura vuelve a su antigua base social: una minoría que se perpetúa a sí misma, lo que podríamos llamar la clase leyente.” La cuestión pendiente de resolver es si esta clase leyente tendrá “el poder y el prestigio asociados a una forma cada vez más rara de capital cultural” o se les verá como a gente rara adepta a “una afición cada vez más arcana”.

Tras estas consideraciones un tanto apocalípticas (aunque pertinentes a fin de gestionar mejor lo que se nos viene encima), sólo me queda agradecer la paciencia y la resistencia numantina a los cambios tecnológicos a todo aquél que haya conseguido llegar hasta estas alturas del artículo. Si es que ha llegado alguien.

 

¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla?

Aún recuerdo la trepidación que sentí cuando leí mi primer correo electrónico. Venía de lejos, de otro continente, y se me antojaba casi como un mensaje dentro de una botella, por lo exótico del medio: era la primera persona de mi clase que tenía Internet. Algo que, por aquél entonces, sonaba a chino.

Desde entonces, he sido un ferviente defensor de la cultura digital. Los libros están bien, leer tinta impresa en pulpa de árbol transfiere sensaciones imposibles de reproducir (aún) por las pantallas o los libros electrónicos. Pero la digitalización de los libros ofrece muchas ventajas. Sin embargo, si existe una diferencia radical entre la lectura tradicional y la digital nada tiene que ver con aspectos estéticos o románticos, sino con la manera que tenemos de leer.

Leer en pantalla difiere en un aspecto poco conocido de leer en papel. Y esta diferencia empezó a percibirse cuando Internet mejoró hasta el punto de poderse incorporar dibujos, fotografías, animaciones e hipervínculos a los textos. También aparecieron los primeros sonidos: al principio sólo eran pitidos polifónicos, pero más tarde ya podían escucharse sinfonías enteras recorriendo la Web con niveles de fidelidad cada vez más elevados.

La última incorporación audiovisual fue el vídeo, que pronto empezó a reproducirse gracias a la creciente velocidad de Internet.

Ahora Internet es ubicua: está en nuestros ordenadores, pero también en nuestras televisiones, nuestros teléfonos móviles e incluso flotando en el aire, en forma de WiFi. Ello también favorece que pasemos cada vez más tiempo en Internet: hacia 2009, los adultos de América del Norte le dedicaban una media de 12 horas semanales, el doble del promedio correspondiente a 2005. Pero un veinteañero pasa más de 19 horas semanales online.

Diversos estudios sugieren, además, que este incremento del uso de Internet no afecta al tiempo que dedicamos a la televisión. De hecho, se incrementan ligeramente.

Un estudio de 2006 a cargo de Jupiter Research reveló “un enorme solapamiento” entre el tiempo empleado en ver la televisión y el dedicado a navegar por la Web: el 42 por ciento más ávido entre los aficionados a la tele (quienes ven más de treinta y cinco horas a la semana) también engruesan las filas de los usuarios más intensivos de Internet (aquellos que pasan conectados más de treinta horas a la semana).

¿Entonces? ¿Qué estamos dejando de hacer si cada vez pasamos más tiempo online? En la próxima entrega de este artículo os lo revelaré, así como los efectos secundarios para nuestro cerebro de esa carencia.